Seguramente ya habéis leído estas esta historia, la del Ruso que llega a un pueblecito, y la solución a la crisis, os la cuento:
Un rico Ruso de ruta por España, llega a un pequeño pueblo. Entra en el hotel donde pretende alojarse, pero antes quiere ver las habitaciones para ver si son de su agrado, por lo que pone un billete de 1000€ en el mostrador del recepcionista que le acompaña a ver las habitaciones.
El dueño del hotel pensando que el ruso se alojará en el hotel, coge el billete y sale corriendo a pagar las deudas que tiene con el carnicero que le provee. El carnicero con el billete que recibe, corre a pagar su deuda al criador de cerdos, este a su vez se da prisa en pagar lo que debe al proveedor de piensos. El del pienso coge el billete al vuelo y corre a liquidar su deuda con la prostituta a la que hace tiempo que no paga. La prostituta coge el billete y va al hotel donde había ido con sus clientes las últimas veces y que todavía no había pagado. Entrega el billete de 1000€ al dueño del hotel, y liquida sus deudas.
En este momento baja el ruso, que acaba de echar un vistazo a las habitaciones, dice que no le convence ninguna, coge el billete que había dejado antes, y se va de pueblo. Nadie ha ganado nada, pero todos han saldado sus deudas.
Moraleja: Si el dinero circula se acaba la crisis.
Esta historia ha circulado por email y seguramente estará publicada en algunos blogs. A todas las personas que se la he contado o las que he escuchado comentándola, han estado de acuerdo que sería la solución para combatir la crisis.
Una vez leida la historia, yo os pregunto:
Es necesario que llegue “Un Ruso” o cualquier otro con dinero, para solucionar el problema de la deuda que tienen unos con otros?.
Pero si pensamos por un instante, la deuda que tienen unos con otros no existe, lo que han hecho es un trueque, pero ellos no se han dado cuenta.
Si pudiéramos juntar a todos ellos y ponerles de acuerdo, podríamos hacerles ver que no es necesario poner los 1000 € para saldar las hipotéticas deudas.
Puesto que si analizamos la historia, lo que los actores de la historia han realizado, es un trueque indirecto a un precio constante por sus servicios.
Si tuviese que elegir un lugar y un momento, estos serían: la orilla del mar y la puesta de sol.
viernes, 3 de mayo de 2013
Salto en paracaidas
Estupendo salto en paracaidas, disfruté y pienso repetirlo en verano.
Una sensación increible saltar al vacío en caida libre desde 4200 metros y alcanzar 225 Km/h hasta que se abre el paracaidas y despues hacer el molinillo, una pasada.
jueves, 1 de marzo de 2012
Animarse a Volar
ANIMARSE A VOLAR
..Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.
Cuento de Jorge Bucay.
..Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
-Ves hijo, este es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus pares, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio?
-En todo casa, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima?
El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó...
Desplegó sus alas.
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra...
Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre:
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó.
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen.
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar.
Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.
Cuento de Jorge Bucay.
lunes, 6 de febrero de 2012
Que es la felicidad?
Definir el concepto de felicidad es tarea ardua. Seguramente sea una de las definiciones más controvertidas y complicadas. El ser humano ha tendido siempre a perseguir la felicidad como una meta o un fin, como un estado de bienestar ideal y permanente al que llegar, sin embargo, parece ser que la felicidad se compone de pequeños momentos, de detalles vividos en el día a día, y quizá su principal característica sea la futilidad, su capacidad de aparecer y desaparecer de forma constante a lo largo de nuestras vidas.
Otra de las controversias en torno a este tema es dónde buscar la felicidad, si en acontecimientos externos y materiales o en nuestro interior, en nuestras propias disposiciones internas. Aún hoy es difícil responder a esta cuestión.Por esta razón, y desde un punto de vista psicológico, el estudio del bienestar subjetivo parece preferible al abordaje de la felicidad.
La felicidad, concepto con profundos significados , incluye alegría, pero también otras muchas emociones, algunas de las cuales no son necesriamente positivas (compromiso, lucha, reto, incluso dolor).
No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices.
NO HAY fórmulas milagrosas ni varitas mágicas. Para ser feliz hay que pensar, sentir y actuar de acuerdo a los valores que cada uno considera primordiales. Unos preferirán la ética, otros la religión o otros muchos, el amor.
Decalo para buscar la felicidad:
1 No cambies. No hace falta tratar de transformarse en la persona que nunca se ha sido.
2 Serenidad ante todo. No hay que dejarse desbordar por un revés, aunque parezca que se hunde el mundo.
3 Ojo con los puntos ciegos. A veces, correr un tupido velo demasiadas veces al día puede desembocar en patologías. Las mentiras vitales, como las definía Ibsen, hay que administrarlas con cuentagotas.
4 Vivir el presente. Parece obvio, pero hay quien se pasea por la vida como un zombi.
5 Introducir novedades. Por pequeñas que sean siempre son bien recibidas. "La imaginación y el espíritu contienen posibilidades ilimitadas para hacer la vida más interesante y agradable". Un baño nocturno en el mar, una tarde para uno solo, una pequeña escapada al campo o la ciudad, una cena especial, enseñar a los críos los juegos de la infancia...
6 Permitir las emociones. El dolor, la ira, la tristeza, la soledad o el desánimo son emociones que forman parte de la vida diaria. Cuando se glorifica la infelicidad y uno se recrea en ella, puede parecer que existe una confabulación global contra uno mismo. Hay que encajar el dolor y permitir que fluya para poder ser felices. Sentirlo, para desprenderse de él.
7 Amor. Es un sentimiento que asegura la felicidad cuando es auténtico. No hay estado que genere tanta efervescencia y complicidad.
8 Acción. No es cuestión de calzarse las deportivas y el chándal e ir haciendo "footing" de un lado para otro, pero la actividad es básica para sentirse bien.
9 OPtimismo. Formar un tándem con la frustración es lo más adecuado para minar la salud y las relaciones con los demás.
10 Naturalidad. Fuera corsés y falsas poses. No hay que avergonzarse de uno mismo, que para algo está la autoestima.
Otra de las controversias en torno a este tema es dónde buscar la felicidad, si en acontecimientos externos y materiales o en nuestro interior, en nuestras propias disposiciones internas. Aún hoy es difícil responder a esta cuestión.Por esta razón, y desde un punto de vista psicológico, el estudio del bienestar subjetivo parece preferible al abordaje de la felicidad.
La felicidad, concepto con profundos significados , incluye alegría, pero también otras muchas emociones, algunas de las cuales no son necesriamente positivas (compromiso, lucha, reto, incluso dolor).
No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices.
NO HAY fórmulas milagrosas ni varitas mágicas. Para ser feliz hay que pensar, sentir y actuar de acuerdo a los valores que cada uno considera primordiales. Unos preferirán la ética, otros la religión o otros muchos, el amor.
Decalo para buscar la felicidad:
1 No cambies. No hace falta tratar de transformarse en la persona que nunca se ha sido.
2 Serenidad ante todo. No hay que dejarse desbordar por un revés, aunque parezca que se hunde el mundo.
3 Ojo con los puntos ciegos. A veces, correr un tupido velo demasiadas veces al día puede desembocar en patologías. Las mentiras vitales, como las definía Ibsen, hay que administrarlas con cuentagotas.
4 Vivir el presente. Parece obvio, pero hay quien se pasea por la vida como un zombi.
5 Introducir novedades. Por pequeñas que sean siempre son bien recibidas. "La imaginación y el espíritu contienen posibilidades ilimitadas para hacer la vida más interesante y agradable". Un baño nocturno en el mar, una tarde para uno solo, una pequeña escapada al campo o la ciudad, una cena especial, enseñar a los críos los juegos de la infancia...
6 Permitir las emociones. El dolor, la ira, la tristeza, la soledad o el desánimo son emociones que forman parte de la vida diaria. Cuando se glorifica la infelicidad y uno se recrea en ella, puede parecer que existe una confabulación global contra uno mismo. Hay que encajar el dolor y permitir que fluya para poder ser felices. Sentirlo, para desprenderse de él.
7 Amor. Es un sentimiento que asegura la felicidad cuando es auténtico. No hay estado que genere tanta efervescencia y complicidad.
8 Acción. No es cuestión de calzarse las deportivas y el chándal e ir haciendo "footing" de un lado para otro, pero la actividad es básica para sentirse bien.
9 OPtimismo. Formar un tándem con la frustración es lo más adecuado para minar la salud y las relaciones con los demás.
10 Naturalidad. Fuera corsés y falsas poses. No hay que avergonzarse de uno mismo, que para algo está la autoestima.
lunes, 31 de octubre de 2011
Cuento triste
Había un hombre que pasaba junto a un vivero donde había una serie de plantas y flores. Ese hombre pasaba frecuentemente al lado del vivero y se fijó especialmente en una de las flores, la que más destacaba por esa época.
La flor tenía otras a su alrededor más pequeñitas y por lo tanto no llamaban la atención del hombre.
Un día entra en el vivero y le pregunta al jardinero si le vende la flor en la que se había fijado, una vez llegado a un acuerdo, el hombre se lleva la flor a la que cuida con todo su cariño. Por circunstancias que no vienen al caso, el hombre se tuvo que ir a trabajar a otra ciudad, volvía cada año con su flor a su localidad.
Año tras año, cuando pasaba por el vivero veía a las flores que quedaron allí, que iban creciendo.
Hasta que un año, al pasar por el vivero, algo de una de las flores que había ido viendo crecer, le llamó la atención. La flor en cuestión cuando creció se fue con otro jardinero, seguramente enamorada de él, sabiendo que al final ella sería la que tendría que cuidar del jardinero. Pero ahí estaba ella, no le importaba y lo hacía con cariño, con amor.
El hombre cada vez que volvía a la ciudad, intentaba ver a la flor, aún sabiendo que ya pertenecía a otra persona, aunque quizás no fuese la flor más bonita, ni la más llamativa, el hombre la veía diferente, para él destacaba entre las demás, como destaca la estrella que más brilla en una noche despejada.
Poco a poco se fue enamorando de la flor, cuando se encontraban, la miraba de una forma especial, el corazón le latía con más fuerza cuando estaba a su lado, pensando que ella lo escucharía.
Después de varios años enamorado de la flor, los sentimientos afloraban, cada vez que la veía, tenía una sensación extraña, cuando hablaba con ella se le hacía un nudo en la garganta, hasta que un día el alma, le dio el valor suficiente para contarle sus sentimientos hacia ella. Por supuesto el previamente lo había reflexionado mucho, sabía de los inconvenientes, de los pro y los contras, de que ella pertenecía a otro jardinero, de que él mismo tenía su propia flor, que la propia flor lo rechazara de lleno, que quedase como un idiota, pero el no podía guardar estos sentimientos, se los tenía que contar, le tenía que decir que el amor no tiene dueño. Además él tampoco quería ni que ella dejase de cuidar a su jardinero, ni él mismo descuidar a su propia flor. Tan solo quería compartir ese amor, decirle cuan importante era para él, expresarle todo lo que sentía por ella, que estaría dispuesto a todo por ella….
El amor le nubló la razón, no pensó que quizás ella no quisiera saber nada de esos sentimientos, que se conformaba con su vida actual, que no necesitaba ser amada, ser querida ser extrañada, que su corazón no tenía espacio para recoger ese amor.
El por el contrario sin escucharla, proseguía con su intención de mostrarle su sentimientos, de darle todo su amor, intentando convencer a la flor que tenía amor suficiente, que quería compartirlo con ella, que esperaba muy poco a cambio, comprensión, charla, quien sabe, un poco de amor correspondido, una caricia, un beso escondido….
La flor, que pensaba con la razón y no con el corazón, no accedía, quizás por miedo, por no hacer daño?.
Pero que clase de miedo podía tener?
Que daño podrían hacer?
Que daño pueden hacer un jardinero por cuidar de su flor preferida, y ella por deshacerse de los pétalos marchitos y volver a renacer?
Qué miedo puede tener esa flor?, que el hombre no lo llega a imaginar.
Él está ahí para protegerla de la fuerte lluvia, de la tormenta si la hubiese, el implacable sol, además sus espaldas son fuertes para proteger a la insuperable flor de cualquier otra situación.
Pero pudiera ser otro tipo de miedo.
No obstante por más que el hombre la requería, ella con el corazón frío, no le respondía.
Qué puede significar ese silencio frío, que entumece el corazón del hombre enamorado?.
Ella le decía que responder no, no quería, porque con el no, daño le haría.
Por el contrario si afirmativamente respondía qué ilusiones el hombre se haría?.
Mientras tanto el hombre afligido se encontraba pues posiblemente con sus poemas sin querer a la bella flor presionaba.
Qué dilema más grande, porque si la flor no siente amor y lo dice, el hombre sufre con dolor, y si el amor del hombre es correspondido y la flor lo niega por temor, No será esto mucho peor?.
El hombre sabe que en su alma, hay un suspiro sabe que hay un mar en su cabeza.
Y ese mar está turbulento porque las olas agitadas no te dejan ver el horizonte de peligro exento.
Que quiere la bella flor?, morir lentamente Sin ser feliz como en el poema de Neruda:
Muere lentamente quien evita una pasión
y su remolino de emociones,
emociones que regresan el brillo a los ojos
y restauran los corazones.
Muere lentamente quien no es feliz y no
arriesga lo cierto y lo incierto para
ir detrás de un sueño
quien no se permite, ni si quiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos..
¡Vive hoy!
¡Arriesga hoy!
¡Hazlo hoy!
¡No te dejes morir lentamente!
¡NO TE IMPIDAS SER FELIZ!
Este cuento que al final se ha vuelto poema, podría tener un final feliz, al menos no será porque el hombre no lo intenta, esperando que la flor le corresponda…
La flor tenía otras a su alrededor más pequeñitas y por lo tanto no llamaban la atención del hombre.
Un día entra en el vivero y le pregunta al jardinero si le vende la flor en la que se había fijado, una vez llegado a un acuerdo, el hombre se lleva la flor a la que cuida con todo su cariño. Por circunstancias que no vienen al caso, el hombre se tuvo que ir a trabajar a otra ciudad, volvía cada año con su flor a su localidad.
Año tras año, cuando pasaba por el vivero veía a las flores que quedaron allí, que iban creciendo.
Hasta que un año, al pasar por el vivero, algo de una de las flores que había ido viendo crecer, le llamó la atención. La flor en cuestión cuando creció se fue con otro jardinero, seguramente enamorada de él, sabiendo que al final ella sería la que tendría que cuidar del jardinero. Pero ahí estaba ella, no le importaba y lo hacía con cariño, con amor.
El hombre cada vez que volvía a la ciudad, intentaba ver a la flor, aún sabiendo que ya pertenecía a otra persona, aunque quizás no fuese la flor más bonita, ni la más llamativa, el hombre la veía diferente, para él destacaba entre las demás, como destaca la estrella que más brilla en una noche despejada.
Poco a poco se fue enamorando de la flor, cuando se encontraban, la miraba de una forma especial, el corazón le latía con más fuerza cuando estaba a su lado, pensando que ella lo escucharía.
Después de varios años enamorado de la flor, los sentimientos afloraban, cada vez que la veía, tenía una sensación extraña, cuando hablaba con ella se le hacía un nudo en la garganta, hasta que un día el alma, le dio el valor suficiente para contarle sus sentimientos hacia ella. Por supuesto el previamente lo había reflexionado mucho, sabía de los inconvenientes, de los pro y los contras, de que ella pertenecía a otro jardinero, de que él mismo tenía su propia flor, que la propia flor lo rechazara de lleno, que quedase como un idiota, pero el no podía guardar estos sentimientos, se los tenía que contar, le tenía que decir que el amor no tiene dueño. Además él tampoco quería ni que ella dejase de cuidar a su jardinero, ni él mismo descuidar a su propia flor. Tan solo quería compartir ese amor, decirle cuan importante era para él, expresarle todo lo que sentía por ella, que estaría dispuesto a todo por ella….
El amor le nubló la razón, no pensó que quizás ella no quisiera saber nada de esos sentimientos, que se conformaba con su vida actual, que no necesitaba ser amada, ser querida ser extrañada, que su corazón no tenía espacio para recoger ese amor.
El por el contrario sin escucharla, proseguía con su intención de mostrarle su sentimientos, de darle todo su amor, intentando convencer a la flor que tenía amor suficiente, que quería compartirlo con ella, que esperaba muy poco a cambio, comprensión, charla, quien sabe, un poco de amor correspondido, una caricia, un beso escondido….
La flor, que pensaba con la razón y no con el corazón, no accedía, quizás por miedo, por no hacer daño?.
Pero que clase de miedo podía tener?
Que daño podrían hacer?
Que daño pueden hacer un jardinero por cuidar de su flor preferida, y ella por deshacerse de los pétalos marchitos y volver a renacer?
Qué miedo puede tener esa flor?, que el hombre no lo llega a imaginar.
Él está ahí para protegerla de la fuerte lluvia, de la tormenta si la hubiese, el implacable sol, además sus espaldas son fuertes para proteger a la insuperable flor de cualquier otra situación.
Pero pudiera ser otro tipo de miedo.
No obstante por más que el hombre la requería, ella con el corazón frío, no le respondía.
Qué puede significar ese silencio frío, que entumece el corazón del hombre enamorado?.
Ella le decía que responder no, no quería, porque con el no, daño le haría.
Por el contrario si afirmativamente respondía qué ilusiones el hombre se haría?.
Mientras tanto el hombre afligido se encontraba pues posiblemente con sus poemas sin querer a la bella flor presionaba.
Qué dilema más grande, porque si la flor no siente amor y lo dice, el hombre sufre con dolor, y si el amor del hombre es correspondido y la flor lo niega por temor, No será esto mucho peor?.
El hombre sabe que en su alma, hay un suspiro sabe que hay un mar en su cabeza.
Y ese mar está turbulento porque las olas agitadas no te dejan ver el horizonte de peligro exento.
Que quiere la bella flor?, morir lentamente Sin ser feliz como en el poema de Neruda:
Muere lentamente quien evita una pasión
y su remolino de emociones,
emociones que regresan el brillo a los ojos
y restauran los corazones.
Muere lentamente quien no es feliz y no
arriesga lo cierto y lo incierto para
ir detrás de un sueño
quien no se permite, ni si quiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos..
¡Vive hoy!
¡Arriesga hoy!
¡Hazlo hoy!
¡No te dejes morir lentamente!
¡NO TE IMPIDAS SER FELIZ!
Este cuento que al final se ha vuelto poema, podría tener un final feliz, al menos no será porque el hombre no lo intenta, esperando que la flor le corresponda…
miércoles, 17 de agosto de 2011
La Luna llena
La luna llena.
Era una noche de verano hacía un calor insoportable y en el cielo se divisaba una enorme luna llena. El había tenido que salir de viaje y ella estaba acomodada en el sofá intentando refrescarse con el aire acondicionado.
Mientras él iba en el coche conduciendo, mantenían una conversación telefónica:
- Estas segura de tomar esa decisión?, ¿crees que con él serás feliz?, ¿y me lo tienes que decir por teléfono?, No te atreves a hablarme mirándome a los ojos? –preguntaba él con voz triste y dolorido, aunque no quisiera aparentarlo.
- Totalmente, es algo que tengo que hacer y no puedo seguir así, -respondió ella intentando ser decisiva.
El no sabía que decir ni que pensar, la cabeza le daba mil vueltas y optó por terminar la conversación colgando sin decir ni una palabra más.
Ella se quedó triste, esperando que él la comprendiese, tenía los sentimientos encontrados, por una parte quería y deseaba hacer lo que estaba haciendo pero en el fondo tenía una gran sentimiento hacia él.
Unos instantes después, ya en la cama, ella recordaba los momentos y vivencias que habían pasado juntos, sabía que había muchos más momentos buenos que malos, momentos maravillosos; mientras derramaba lagrimas que caían a la almohada.
Pero ya era hora de olvidarlo, quería borrarlo de su mente y de su corazón, no valía la pena seguir con una relación que podría no tener futuro.
Algunos meses después ella se enteró de que él salía con otra mujer. En un primer momento sintió alegría, merecía ser feliz, después de todo lo que le había hecho.
Pero esa alegría le duró muy poco, los celos no dejaban que ella pudiera estar contenta con ese hecho. No había dejado de pensar en él en todo este tiempo.
Estaba sentada en su terraza miraba la luna, la luna llena que tanto le gustaba a él. De repente sintió algo en su interior, una tristeza inusual, como si el corazón le hubiese dado un vuelco. Salió de casa corriendo, no sabía por qué, pero subiéndose al coche, como si alguien la dirigiese, llegó hasta la puerta del hospital, en ese instante llegaba una ambulancia.
Bajándose del coche los pasos la llevaron hasta esa ambulancia de la que estaban bajando una camilla con una persona a la que de momento no llegó a reconocer. Cuando se acercó miró entre dos sanitarios y pudo comprobar que se trataba de él. Se quedó paralizada, no entendía nada, era como si todo se hubiese quedado en silencio y que el tiempo se ralentizaba. Ella quería acercarse, pero los sanitarios Intentaban alejarla, en un momento ella se escabulló y se acercó todo lo que pudo y entonces pudo verlo bien, él la miraba y le tendía la mano para que ella pudiera cogerla. Los sanitarios pararon un momento y dejaron de forcejear intentando separarla. Ese contacto con su mano le hizo recordar que ese era el hombre que había amado y que seguía amando. ¿Porqué se daba cuenta ahora?.
Los sanitarios siguieron su camino hacia la entrada de urgencias permitiendo que ella siguiera agarrada a su mano. Él haciendo un esfuerzo esbozó una sonrisa y susurró su nombre. A ella se le saltaron las lagrimas – No te esfuerces, te pondrás bien, verdad como sales de esta….
- Me quedé mirando a la luna y pedí un deseo “verte de nuevo”, apenas se le entendía.
- Si yo también estaba mirando la luna y me estaba acordando de ti.
- Te quiero…susurró sin apenas fuerzas..
Lo sanitarios lo entraron en la sala de urgencias y ella se tuvo que quedar fuera.
No le dio tiempo a decirle que ella también lo amaba, que no había dejado de pensar en él, se sentía una idiota por haberlo alejado de su vida, y ahora él estaba entre la vida y la muerte.
Se enteró por los sanitarios que había tenido un accidente de tráfico y que estaba muy grave.
En la sala de espera no podía estar quieta, deambulaba de un lado a otro y las lágrimas se resbalaban por su rostro, no se podía creer lo que estaba pasando.
Pasada media hora, entró una enfermera en la sala de espera llamando a los familiares (de momento tan solo estaba ella), ella respondió y la enfermera le comunicó la noticia. -No habían podido hacer nada por él, había fallecido-. Ella apenas si se podía mantener en pie. Dejaron que lo viese por última vez, y se abrazó a él con fuerza como queriendo traerlo de nuevo a la vida. –Nos volveremos a encontrar le susurró al oído, sabiendo que ya no podía escucharla, que ya no volvería a mirarla a los ojos, con esos ojos que la hipnotizaban, que cambiaban de color con el estado de ánimo.
Ella sintió como un soplo en su nuca, pero al darse la vuelta nadie estaba detrás y en cambio ella lo sentía. Sentía ese aliento en la nuca, lo sentía a él, al amor de su vida a ese amor del que se alejó y que ahora se daba cuenta de cuánto lo quería, precisamente en una noche de luna llena.
Era una noche de verano hacía un calor insoportable y en el cielo se divisaba una enorme luna llena. El había tenido que salir de viaje y ella estaba acomodada en el sofá intentando refrescarse con el aire acondicionado.
Mientras él iba en el coche conduciendo, mantenían una conversación telefónica:
- Estas segura de tomar esa decisión?, ¿crees que con él serás feliz?, ¿y me lo tienes que decir por teléfono?, No te atreves a hablarme mirándome a los ojos? –preguntaba él con voz triste y dolorido, aunque no quisiera aparentarlo.
- Totalmente, es algo que tengo que hacer y no puedo seguir así, -respondió ella intentando ser decisiva.
El no sabía que decir ni que pensar, la cabeza le daba mil vueltas y optó por terminar la conversación colgando sin decir ni una palabra más.
Ella se quedó triste, esperando que él la comprendiese, tenía los sentimientos encontrados, por una parte quería y deseaba hacer lo que estaba haciendo pero en el fondo tenía una gran sentimiento hacia él.
Unos instantes después, ya en la cama, ella recordaba los momentos y vivencias que habían pasado juntos, sabía que había muchos más momentos buenos que malos, momentos maravillosos; mientras derramaba lagrimas que caían a la almohada.
Pero ya era hora de olvidarlo, quería borrarlo de su mente y de su corazón, no valía la pena seguir con una relación que podría no tener futuro.
Algunos meses después ella se enteró de que él salía con otra mujer. En un primer momento sintió alegría, merecía ser feliz, después de todo lo que le había hecho.
Pero esa alegría le duró muy poco, los celos no dejaban que ella pudiera estar contenta con ese hecho. No había dejado de pensar en él en todo este tiempo.
Estaba sentada en su terraza miraba la luna, la luna llena que tanto le gustaba a él. De repente sintió algo en su interior, una tristeza inusual, como si el corazón le hubiese dado un vuelco. Salió de casa corriendo, no sabía por qué, pero subiéndose al coche, como si alguien la dirigiese, llegó hasta la puerta del hospital, en ese instante llegaba una ambulancia.
Bajándose del coche los pasos la llevaron hasta esa ambulancia de la que estaban bajando una camilla con una persona a la que de momento no llegó a reconocer. Cuando se acercó miró entre dos sanitarios y pudo comprobar que se trataba de él. Se quedó paralizada, no entendía nada, era como si todo se hubiese quedado en silencio y que el tiempo se ralentizaba. Ella quería acercarse, pero los sanitarios Intentaban alejarla, en un momento ella se escabulló y se acercó todo lo que pudo y entonces pudo verlo bien, él la miraba y le tendía la mano para que ella pudiera cogerla. Los sanitarios pararon un momento y dejaron de forcejear intentando separarla. Ese contacto con su mano le hizo recordar que ese era el hombre que había amado y que seguía amando. ¿Porqué se daba cuenta ahora?.
Los sanitarios siguieron su camino hacia la entrada de urgencias permitiendo que ella siguiera agarrada a su mano. Él haciendo un esfuerzo esbozó una sonrisa y susurró su nombre. A ella se le saltaron las lagrimas – No te esfuerces, te pondrás bien, verdad como sales de esta….
- Me quedé mirando a la luna y pedí un deseo “verte de nuevo”, apenas se le entendía.
- Si yo también estaba mirando la luna y me estaba acordando de ti.
- Te quiero…susurró sin apenas fuerzas..
Lo sanitarios lo entraron en la sala de urgencias y ella se tuvo que quedar fuera.
No le dio tiempo a decirle que ella también lo amaba, que no había dejado de pensar en él, se sentía una idiota por haberlo alejado de su vida, y ahora él estaba entre la vida y la muerte.
Se enteró por los sanitarios que había tenido un accidente de tráfico y que estaba muy grave.
En la sala de espera no podía estar quieta, deambulaba de un lado a otro y las lágrimas se resbalaban por su rostro, no se podía creer lo que estaba pasando.
Pasada media hora, entró una enfermera en la sala de espera llamando a los familiares (de momento tan solo estaba ella), ella respondió y la enfermera le comunicó la noticia. -No habían podido hacer nada por él, había fallecido-. Ella apenas si se podía mantener en pie. Dejaron que lo viese por última vez, y se abrazó a él con fuerza como queriendo traerlo de nuevo a la vida. –Nos volveremos a encontrar le susurró al oído, sabiendo que ya no podía escucharla, que ya no volvería a mirarla a los ojos, con esos ojos que la hipnotizaban, que cambiaban de color con el estado de ánimo.
Ella sintió como un soplo en su nuca, pero al darse la vuelta nadie estaba detrás y en cambio ella lo sentía. Sentía ese aliento en la nuca, lo sentía a él, al amor de su vida a ese amor del que se alejó y que ahora se daba cuenta de cuánto lo quería, precisamente en una noche de luna llena.
domingo, 13 de marzo de 2011
La visita de tu vida
Había una vez un señor que estaba haciendo una gira turística por Europa. Al llegar al Reino Unido compro en el aeropuerto una especia de Guía de los castillos de la isla. Algunos tenían días de visita y otros horarios muy estrictos. Pero el más llamativo era el que se presentaba como “La visita de tu vida”.
En las fotos, por lo menos, parecía un castillo ni más ni menos espectacular que otros, pero se lo recomendaba muy especialmente… Se explicaba allí que, por razones que después se comprenderían, las visitas no se pagaban por anticipado, pero era imprescindible pactar anticipadamente una cita, es decir, día y hora. Intrigado por lo diferente de la propuesta, el hombre llamo desde su hotel esa misma tarde y acordó un horario.
Las cosas han sido siempre iguales en el mundo, basta que uno tenga una cita importante, con hora precisa y necesidad de ser puntual para que todo se complique. Esta no fue una excepción y diez minutos mas tarde de la hora pactada el turista llego al palacio. Se presento ante un hombre con falda a cuadros que lo esperaba y que le dio la bienvenida.
-¿Los demás ya pasaron con el guía? - Pregunto, no viendo a ningún otro visitante.
-¿Los demás? – Repregunto el hombre- No. Las visitas son individuales y no tenemos guías que ofrecer.
Sin Hacer mención al horario, le explico un poco de la historia del castillo y le menciono algunas cosas sobre las que debía prestar atención. Las Pinturas en los muros. Las armaduras del altillo. Las maquinas de guerra del salón norte, debajo de la escalera, las catacumbas y la sala de torturas en la mazmorra. Dicho esto, Le dio una cuchara y le pidió que la sostuviera horizontalmente con la parte cóncava hacia el techo.
-¿Y esto? – Pregunto el visitante.
-Nosotros no cobramos un derecho de visita. Para evaluar el costo de su paseo recurrimos a este mecanismo. Cada visitante lleva una cuchara como esta llena hasta el borde de arena fina. Aquí cabe exactamente 100 gramos. Después de recorrer el castillo pesamos la arena que ha quedado en la cuchara y le cobramos una libra por cada gramo que haya perdido… Una manera de evaluar el coste de la limpieza –explico.
-¿Y si no pierdo ni un gramo?.
-Ah, mi querido señor, entonces su visita al castillo será gratuita.
Entre divertido y sorprendido por la propuesta, el hombre vio como el anfitrión colmaba de arena la cuchara y luego comenzó su viaje. Confiando en su pulso, subió las escaleras muy despacio y con la vista fija en la cuchara. Al llegar arriba, a la sala de armaduras, prefirió no entrar porque le pareció que el viento haría volar la arena y decidió bajar cuidadosamente. Al pasar junto al salón que exhibía las maquinas de guerra, debajo de la escalera, se dio cuenta que para verlas con detenimiento era necesario inclinarse forzadamente sosteniéndose de la barandilla. No era peligroso para su integridad, pero hacerlo implicaba la certeza de derramar algo del contenido de su cuchara, así que conformo con mirarlas desde lejos. Otro tanto le pasó con las mas que empinada escalera que conducía a las mazmorras. Por el pasillo de regreso al punto de partida, camino contento hacia el hombre de la falda escocesa que la aguardaba con una balanza. Allí vació el contenido de su cuchara y espero el dictamen del hombre.
-Asombrado, ha perdido menos de medio gramo –anuncio- , lo felicito, tal como usted predijo, esta visita le ha salido gratis.
-Gracias…
-¿Ha disfrutado la visita?-pregunto finalmente el de la recepción.
El turista dudo y por ultimo decidió ser sincero.
-La verdad es que no mucho. Estaba tan ocupado tratando de cuidar de la arena, que no tuve oportunidad de mirar lo que usted me señalo.
-Pero… Que barbaridad!... Mire, voy a hacer una excepción. Le voy a llenar otra vez la cuchara, porque es la norma, pero ahora olvídese de cuanto derrama, faltan 12 minutos para que llegue el próximo visitante. Vaya y regrese antes de que el llegue.
Sin perder tiempo, el hombre tomo la cuchara y corrió hacia el altillo, al llegar allí dio una mirada rápida a lo que había y bajo más que corriendo a las mazmorras llenando las escaleras de arena. No se quedo casi ni un momento porque los minutos pasaban y prácticamente voló hacia el pasaje debajo de la escalera, donde al inclinarse tratando de entrar se le cayo la cuchara y derramo todo el contenido. Miro su reloj, habían pasado 11 minutos. Dejo otra vez sin ver las maquinas y corrió hasta el hombre de la entrada a quien le entrego la cuchara vacía.
-Bueno, esta vez sin arena, pero no se preocupe, tenemos un rato. ¿Qué tal?¿Disfruto la visita?
Otra vez el visitante dudo unos momentos.
-La verdad es que no-contesto por fin-. Estuve tan ocupado en llegar antes que el otro, que perdí toda la arena pero igual no disfrute nada.
El hombre de la falda encendió la pipa y le dijo:
-Hay quienes recorren el castillo de su vida tratando de que no les cueste nada, y no lo pueden disfrutar. Hay otros tan apresurados en llegar pronto, que lo pierden todo sin disfrutarlo. Unos pocos aprenden esta lección y se toman su tiempo para cada recorrido. Descubren y disfrutan cada rincón, cada paso. Saben que no será gratuito, pero entienden que los costes de vivir valen la pena.
A veces es mejor dejar que las cosas ocurran, sucedan, cada una a su tiempo y nunca forcemos las circunstancias.
En las fotos, por lo menos, parecía un castillo ni más ni menos espectacular que otros, pero se lo recomendaba muy especialmente… Se explicaba allí que, por razones que después se comprenderían, las visitas no se pagaban por anticipado, pero era imprescindible pactar anticipadamente una cita, es decir, día y hora. Intrigado por lo diferente de la propuesta, el hombre llamo desde su hotel esa misma tarde y acordó un horario.
Las cosas han sido siempre iguales en el mundo, basta que uno tenga una cita importante, con hora precisa y necesidad de ser puntual para que todo se complique. Esta no fue una excepción y diez minutos mas tarde de la hora pactada el turista llego al palacio. Se presento ante un hombre con falda a cuadros que lo esperaba y que le dio la bienvenida.
-¿Los demás ya pasaron con el guía? - Pregunto, no viendo a ningún otro visitante.
-¿Los demás? – Repregunto el hombre- No. Las visitas son individuales y no tenemos guías que ofrecer.
Sin Hacer mención al horario, le explico un poco de la historia del castillo y le menciono algunas cosas sobre las que debía prestar atención. Las Pinturas en los muros. Las armaduras del altillo. Las maquinas de guerra del salón norte, debajo de la escalera, las catacumbas y la sala de torturas en la mazmorra. Dicho esto, Le dio una cuchara y le pidió que la sostuviera horizontalmente con la parte cóncava hacia el techo.
-¿Y esto? – Pregunto el visitante.
-Nosotros no cobramos un derecho de visita. Para evaluar el costo de su paseo recurrimos a este mecanismo. Cada visitante lleva una cuchara como esta llena hasta el borde de arena fina. Aquí cabe exactamente 100 gramos. Después de recorrer el castillo pesamos la arena que ha quedado en la cuchara y le cobramos una libra por cada gramo que haya perdido… Una manera de evaluar el coste de la limpieza –explico.
-¿Y si no pierdo ni un gramo?.
-Ah, mi querido señor, entonces su visita al castillo será gratuita.
Entre divertido y sorprendido por la propuesta, el hombre vio como el anfitrión colmaba de arena la cuchara y luego comenzó su viaje. Confiando en su pulso, subió las escaleras muy despacio y con la vista fija en la cuchara. Al llegar arriba, a la sala de armaduras, prefirió no entrar porque le pareció que el viento haría volar la arena y decidió bajar cuidadosamente. Al pasar junto al salón que exhibía las maquinas de guerra, debajo de la escalera, se dio cuenta que para verlas con detenimiento era necesario inclinarse forzadamente sosteniéndose de la barandilla. No era peligroso para su integridad, pero hacerlo implicaba la certeza de derramar algo del contenido de su cuchara, así que conformo con mirarlas desde lejos. Otro tanto le pasó con las mas que empinada escalera que conducía a las mazmorras. Por el pasillo de regreso al punto de partida, camino contento hacia el hombre de la falda escocesa que la aguardaba con una balanza. Allí vació el contenido de su cuchara y espero el dictamen del hombre.
-Asombrado, ha perdido menos de medio gramo –anuncio- , lo felicito, tal como usted predijo, esta visita le ha salido gratis.
-Gracias…
-¿Ha disfrutado la visita?-pregunto finalmente el de la recepción.
El turista dudo y por ultimo decidió ser sincero.
-La verdad es que no mucho. Estaba tan ocupado tratando de cuidar de la arena, que no tuve oportunidad de mirar lo que usted me señalo.
-Pero… Que barbaridad!... Mire, voy a hacer una excepción. Le voy a llenar otra vez la cuchara, porque es la norma, pero ahora olvídese de cuanto derrama, faltan 12 minutos para que llegue el próximo visitante. Vaya y regrese antes de que el llegue.
Sin perder tiempo, el hombre tomo la cuchara y corrió hacia el altillo, al llegar allí dio una mirada rápida a lo que había y bajo más que corriendo a las mazmorras llenando las escaleras de arena. No se quedo casi ni un momento porque los minutos pasaban y prácticamente voló hacia el pasaje debajo de la escalera, donde al inclinarse tratando de entrar se le cayo la cuchara y derramo todo el contenido. Miro su reloj, habían pasado 11 minutos. Dejo otra vez sin ver las maquinas y corrió hasta el hombre de la entrada a quien le entrego la cuchara vacía.
-Bueno, esta vez sin arena, pero no se preocupe, tenemos un rato. ¿Qué tal?¿Disfruto la visita?
Otra vez el visitante dudo unos momentos.
-La verdad es que no-contesto por fin-. Estuve tan ocupado en llegar antes que el otro, que perdí toda la arena pero igual no disfrute nada.
El hombre de la falda encendió la pipa y le dijo:
-Hay quienes recorren el castillo de su vida tratando de que no les cueste nada, y no lo pueden disfrutar. Hay otros tan apresurados en llegar pronto, que lo pierden todo sin disfrutarlo. Unos pocos aprenden esta lección y se toman su tiempo para cada recorrido. Descubren y disfrutan cada rincón, cada paso. Saben que no será gratuito, pero entienden que los costes de vivir valen la pena.
A veces es mejor dejar que las cosas ocurran, sucedan, cada una a su tiempo y nunca forcemos las circunstancias.
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